Relatos de viajes (I): “Tras las huellas del señor de Orgaz. Lección de una desconocida”

Texto y fotografías: María Berini Pita da Veiga

Dos son las preguntas que más difícil me resulta contestar. “¿Por qué te gusta escribir?” es una; “¿Por qué te gusta el Arte?”, la otra. La primera pregunta todavía no sé responderla; es algo instintivo sobre lo que aún tengo mucho que filosofar. Con respecto a la segunda cuestión, creo que es muy laborioso explicar por qué despierta interés en ti el Arte, y por qué algunas obras te resultan maravillosas y otras no. Algunos opinan que en el Arte lo que importa es la belleza; otros sostienen que lo importante es lo que quiere transmitir el autor. Debates aparte, lo cierto es que la selección personal que uno hace de sus obras de arte favoritas es totalmente subjetiva. ¿Cómo podría explicar por qué ‘El entierro del señor de Orgaz’ me fascina? ¿Qué características presenta esta obra para que cada vez que la veo me impacte? Mi relación con este cuadro de El Greco nació con un flechazo, fue un amor a primera vista desde que lo vi por primera vez en un libro de texto siendo una niña.

El motivo de esta pequeña introducción no es otra que tratar de explicar la razón por la que las primeras veces que me senté a escribir con cierta seriedad, el resultado fue un artículo o un pequeño relato con temática artística. ¿Será que instintivamente escribimos sobre nuestras pasiones más profundas?

Estreno la etiqueta «Relatos» con esta pequeña historia en primera persona, basada en hechos reales.

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A Coruña, 1 de Marzo de 2016

Recuerdo perfectamente la primera vez que le vi. Allí estaba él, en las páginas de mi libro de Coñecemento do medio. Yo tenía apenas 11 años y me quedé realmente impactada. Todos aquellos hombres con sus misteriosas caras observando el cuerpo yacente del señor de Orgaz, sujetado por dos santos ataviados con lustrosas vestimentas doradas. Arriba, en lo alto de los cielos, un grupo de santos acompañan a la Virgen y a Jesucristo, esperando recibir el alma del noble castellano. La escena me resultó fascinante. ¡Qué fuerza desprendía el cuadro! Continué leyendo el manual y descubrí que el autor de la obra era un tal Doménikos Theotokópoulos, pintor conocido como El Greco, que realizó el cuadro por encargo para la Iglesia de Santo Tomé, en la ciudad de Toledo. Desde ese momento tuve claro que algún día tendría que verle en directo. Sí, Toledo sería uno de mis destinos viajeros cuando fuese mayor.

Hoy, 1 de marzo de 2016, repaso como cada día las noticias a través de mis redes sociales. Una de ellas me sorprende de manera muy especial. No puedo evitar compartirla. El cuadro más visitado del mundo en 2015 es el Entierro del señor de Orgaz, con 600.000 visitas a lo largo del año. Entre esos cientos de miles de visitas, la mía, con su historia personal.

Tuvieron que pasar más de 15 años para que yo, joven pero por fin adulta, visitase Toledo. Lo hice sola, cansada de la indiferencia que mis amistades mostraban por los destinos que a mí me resultaban interesantes.

Cinco días fueron los que estuve en la ciudad, mas nunca olvidaré aquella tarde.

Hacía un calor sofocante. El sol caía a plomo por las estrechas calles de Toledo. Había programado la visita al convento de Santo Domingo El Antiguo para las cuatro de la tarde, cuando abría de nuevo sus puertas al público en jornada vespertina. Estaba muy interesada en esa visita, pues para aquel convento realizó El Greco sus primeros encargos en España, y en él se exponen los contratos originales firmados por el pintor cretense. Dada la experiencia de colas y abarrotes vivida los días previos, me urgía llegar antes de tiempo o, al menos, puntual. Sin embargo, después de deambular por las calles de alrededor y consultar en varias ocasiones el plano de la ciudad, no conseguía encontrarlo.

—Demasiado desierto está esto — pensaba yo.

Finalmente logré encontrar la puerta de acceso.

—Bien, todavía quedan unos minutos. Pero, ¿cómo es posible que no haya nadie por aquí? ¿Será el calor? No, no creo que sea el calor: estos días los monumentos estaban llenos de visitantes igualmente. Qué raro…

De repente, en la desierta plaza del convento, una voz interrumpió mis pensamientos.

—¿Estás esperando para visitar el convento? Abre a las 16:00 horas.

Me dí la vuelta. La voz pertenecía a una señora mayor que estaba sentada tranquilamente en un pivote de hormigón. Me acerqué a ella y comenzamos a charlar.

—Ah, qué bien. Menos mal. Estaba un poco perdida. No encontraba la puerta de acceso. Además, estaba extrañada de no ver a nadie haciendo cola por aquí. Tan desierto…

—Qué va, a este sitio no viene ni la cuarta parte de gente que a los demás. ¿No ves que no está incluido en la pulsera turística? —contestó, y su respuesta vino acompañada de una sonrisa pícara, la de la persona que atesora sabiduría frente a la ingenuidad de la juventud.

—Bueno, pero yo me imagino que la gente planificará qué es lo que quiere ver. No se limitará simplemente a lo que le incluya la pulsera o a lo que le haya organizado la agencia, ¿no?

—Ay, chica, te equivocas. Eso que crees que es normal, ¡es mucho imaginar! —dijo, mientras su sonrisa se tornó entrañable.

Durante el transcurso de la conversación, el convento abrió sus puertas. Entramos. Mi espontánea acompañante y yo continuamos charlando.

Ésta no era, ni de lejos, su primera vez en Toledo. Su padre la había llevado de niña varias veces a la ciudad. Se le veía realmente entendida en el tema. Me hizo varias recomendaciones por si me sobraba tiempo. Todavía conservo una hoja arrancada de su libreta, donde la señora, de su puño y letra, anotó diferentes lugares, menos conocidos, que ella creía de visita obligada. Supe también, pues lo mencionó de soslayo, que era historiadora del arte, retirada ya de su trabajo en la universidad.

Sin embargo, el mayor recuerdo que me dejó aquella amable señora fue una frase que quedó grabada a fuego en mi memoria. Yo seguía extrañada de que aquel convento estuviese desierto, sin apenas un visitante, en plena temporada alta. Le relaté mi programación del viaje, lleno de entusiasmo; mis lecturas previas sobre la ciudad, buscando que no quedase rincón sin visitar; mis rastreos por Internet, con la finalidad de empaparme totalmente de aquel lugar. ¿Acaso no era eso lo normal? Ante mis insistentes muestras de incredulidad, en un determinado momento la señora dijo:

—Chica, ¿tú sabes la diferencia entre el turista y el viajero? ¿Has leído alguna vez sobre ello?

En ese momento me resultó muy difícil emitir una respuesta. Sí, yo entendía que quería decir, mas no podía expresarlo exactamente. Esperé unos segundos antes de contestar.

—Sí, me hago a la idea de por dónde van los tiros. Comprendo, aunque no sabría explicarlo exactamente….

Su respuesta fue una sonrisa.

Terminada la visita, nos despedimos. Nunca llegué a saber el nombre de aquella señora. Tampoco llegué a comprobar si era cierto lo que me contó sobre su vida. Probablemente nunca lo sepa.

Hoy, casi un año después de todo aquello, reflexiono sobre lo ocurrido escribiendo estas líneas. Realmente entendí lo que aquella simpática señora me había querido decir, pero no pude responder con rigor a su pregunta: ¿qué es exactamente lo que diferencia al turista de un viajero? Tampoco puedo responder con exactitud a día de hoy. Pero lo entiendo, como lo harán todas aquellas personas que hayan sentido el verdadero placer de viajar. Viajar en mayúsculas.

María Berini Pita da Veiga

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