Escenarios de la Literatura (VI): 10 clásicos españoles con los que viajar esta cuarentena

Texto y fotografías: María Berini Pita da Veiga

Varios meses después de publicar la última entrada, tomo los mandos de nuevo para escribir en el blog. A pesar de la ausencia cibernética, mi actividad viajera no cesó, pero las circunstancias (positivas, que conste, pues no todos los días se aprueban unas oposiciones) no han sido las más adecuadas para que aflorasen en mí las ganas de escribir. Pendientes quedan entradas sobre destinos internacionales (Coimbra en Portugal, Dubín en Irlanda) así como diferentes lugares en nuestro país de interés patrimonial (Oña, Frómista, Pamplona…). Espero que las circunstancias tan excepcionales que estamos viviendo a causa de la crisis del coronavirus me permitan, por fin, poder compartir con vosotros algunas imágenes y un texto a la altura de los destinos visitados.

La cuestión es que a un buen número de personas, entre las que me incluyo, este confinamiento forzoso nos ha abierto la puerta a poder dedicarle tiempo a todas esas lecturas pendientes, y, en definitiva, a desacelerarnos (cosa que, en los tiempos que corren, resulta muy necesario). También creo que nos está haciendo valorar más todas esas pequeñas escapadas, que hasta antes de la crisis, quizá habíamos normalizado. En definitiva, se da el cóctel perfecto para que, acompañados por un buen libro, soñemos con volver a disfrutar de la libertad viajando por nuestro país.

En este blog solía acompañar la descripción de un determinado destino con citas de grandes clásicos españoles. Son muchas las novelas que están ambientadas en distintos lugares de España, pero lo que diferencia a un buen clásico de un libro cualquiera, es que en los grandes la ciudad se convierte en un personaje más, goza de una importancia mayor, influye en el devenir de los actos, explica el porqué de los mismos, y todo ello gracias a la maestría del escritor. La idea es que con esta nueva entrada podamos viajar por España a través de grandes clásicos de nuestra literatura, donde cada destino es descrito de manera magistral, hasta el punto de que nos traslada, con la simple lectura de los mismos, hasta él.

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1, 2, 3. «La barraca», «Arroz y tartana», «Cañas y barro» y demás novelas valencianas de Blasco Ibáñez

De entre la basta obra del escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez, algunas de las más destacadas se han considerado parte de un mismo ciclo, y se las ha denominado novelas valencianas. Todas ellas se encuentran ambientadas en Valencia, aunque en diferentes contextos, tanto geográficos como sociales. A modo de ejemplo, «Cañas y barro» (1902) nos traslada a los campos de La Albufera, en una novela protagonizada principalmente por personajes del mundo rural. Igualmente, en «La barraca» (1898) sus protagonistas principales son campesinos que viven en barracas (construcciones valencianas tradicionales), aunque sus quehaceres les trasladan en ocasiones a la capital, de ahí que muchas de las mejores descripciones de la novela sean sobre la ciudad de Valencia. Otro ejemplo más de esta maravillosa ambientación en tierras levantinas es «Arroz y tartana» (1894), ésta sí exclusivamente contextualizada en la Valencia urbana, presentándonos personajes más acomodados, procedentes sobretodo del mundo del comercio. La magistral pluma de Blasco Ibáñez te trasladará sin duda hasta estas tierras. Puedes ver un ejemplo de lo bien que contribuye una novela a ambientar el viaje con esta entrada de mi blog dedicada a Valencia (click aquí) o leer algunas de las siguientes citas referidas a La Lonja de la Seda, la iglesia de los Santos Juanes, la basílica de la Virgen de los desamparados, la catedral de Valencia o la Albufera, sacadas de las novelas valencianas de Blasco Ibáñez.

«En el lado opuesto la Lonja de la Seda, acariciada por el sol de invierno y luciendo sobre el fondo azul del cielo todas las esplendideces de su fachada ojival.» 

«Desde el lugar que ocupaba veía al frente la iglesia de los Santos Juanes, (…) y como final, el campanil triangular con sus tres balconcillos, su reloj descolorido y descompuesto, rematado todo por la fina pirámide, a cuyo extremo, a guisa de veleta y posado sobre una esfera, gira pesadamente el pájaro fabuloso, el popular pardalòt con su cola de abanico.» 

«El día de la Virgen fue con Tónica y su amiga a la primera misa en la capilla de los Desamparados. Dentro del templo sonaba la música; la multitud, oprimida en la mezquina rotonda, esparcíase por la plaza hasta la fuente (…). » 

«Oirían la primera misa en la capilla de los Desamparados, porque a doña Manuela, como buena valenciana, le parecía que ninguna misa del resto del año valía tanto como aquélla (…).»

Arroz y tartana (1894)

 

«Desperezose la inmensa vega bajo el resplandor azulado del amanecer, ancha faja de luz que asomaba por la parte del Mediterráneo.» 

«Era jueves, y, según costumbre que databa de siglos, el Tribunal de las Aguas iba a reunirse en la puerta de los Apóstoles de la catedral de Valencia. (…) El reloj de la torre llamada el Miguelete señalaba poco más de la diez, (…). La puerta de los Apóstoles, vieja, rojiza, carcomida por los siglos, extendiendo sus róidas bellezas a la luz del sol (…).»

La barraca (1898)

 

«En los primeros tiempos de acompañar a su abuelo por la Albufera, había encontrado aceptable esta vida. Le gustaba ir errante por el lago, navegar sin dirección fija, paseando de un canal a otro, y detenerse en medio de la Albufera para conversar con los pescadores.»

Cañas y barro (1902)

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4. «Fortunata y Jacinta» y el Madrid de Benito Pérez Galdós

Sumergidos de lleno en pleno año galdosiano (2020, centenario de su fallecimiento) y siendo Madrid el epicentro de la crisis sanitaria, verdadero espejo del escenario que estamos viviendo (increíble estampa sus calles desiertas) es un gran momento para rescatar esta magnífica novela de Pérez Galdós ambientada en Madrid. Como decía, dada la efeméride, la ciudad le dedica este año importantes espacios y eventos (como la exposición retrospectiva en la Biblioteca Nacional de España, que tuve el placer de visitar) al escritor canario, el cual hizo de la capital su residencia cuando se trasladó a la misma con apenas 18 años.

«Fortunata y Jacinta» (1887) es el claro ejemplo de como una ciudad puede convertirse en un personaje más de la obra. La novela nos permite recorrer diferentes espacios de la ciudad en función del estrato social al que pertenecen sus personajes. Uno de los aspectos más destacados de la obra es precisamente la variedad de estos últimos, diversos todos ellos en origen social, temperamento y destino. Con la humilde Fortunata recorremos los escenarios más populares del Madrid decimonónico, en contraste con los que frecuentan las acomodadas familias de Juanito Santacruz o Jacinta. Los acontecimientos que narra la novela tienen lugar en un largo período de tiempo, en el que se suceden multitud de acciones, todas ellas sin salir de Madrid, pero reflejando la gran diversidad que ya presentaba la ciudad a finales del siglo XIX. Es por ello que se acuñó, hace muchos años, el término de “Madrid galdosiano”, por la aportación que las novelas de Galdós hicieron a la descripción de la capital. Podéis encontrar muchísimas referencias a esta etiqueta en los buscadores de Internet, inclusive una extensa entrada en la Wikipedia. Atocha, la cava de San Miguel, la plaza Mayor, la Puerta del Sol… son algunos ejemplos de los escenarios madrileños donde discurren las aventuras de Fortunata, Juanito, Jacinta, Maximiliano, Feijóo… Aquí van algunas citas de la sensacional novela:

«Bien se sabía ella que allá hilaban muy fino en esto de explotar las debilidades humanas, y que Madrid era, comparado en esta materia con París de Francia, un lugar de abstinencia y mortificación.»

«Vio que las costumbres de Madrid se transformaban rápidamente, que esta orgullosa Corte iba a pasar en poco tiempo de la condición de aldeota indecente a la de capital civilizada. Porque Madrid no tenía de metrópoli más que el nombre y la vanidad ridícula. Era un payo con casaca de gentil-hombre y la camisa desgarrada y sucia.»

«Santa Cruz, Bringas y Arnaiz el gordo, monopolizaban toda la pañería de Madrid y surtían a los tenderos de la calle de Atocha, de la Cruz y Toledo.»

«Vivía Plácido en la Cava de San Miguel. Su casa era una de las que forman el costado occidental de la Plaza Mayor, y como el basamento de ellas está mucho más bajo que el suelo de la Plaza, tienen una altura imponente y una estribación formidable, a modo de fortaleza. El piso en que el tal vivía era cuarto por la Plaza y por la Cava séptimo. No existen en Madrid alturas mayores (…)»

«Quien se hubiera tomado el trabajo de seguir los pasos de Rubín desde el 69 al 74, le habría visto parroquiano del café de San Antonio en la Corredera de San Pablo, después del Suizo Nuevo, luego de Platerías, del Siglo y de Levante; le vería, en cierta ocasión, prefiriendo los cafés cantantes y en otra abominando de ellos; concurriendo al de Gallo o al de la Concepción Jerónima cuando quería hacerse el invisible, y por fin, sentar sus reales en uno de los más concurridos y bulliciosos de la Puerta del Sol.»

«Eran las nueve de la noche. Fortunata atravesó con paso ligero la calle de Hortaleza, la Red de San Luis. No debía de estar muy trastornada cuando en vez de tomar por la calle de la Montera, en la cual el gentío estorbaba el tránsito, fue a buscar la de la Salud y bajó por ella, considerando que por tal camino ganaba diez minutos. De la calle del Carmen pasó a la de Preciados, sin perder ni un momento el instinto de la viabilidad. Atravesó la Puerta del Sol por frente a la casa de Cordero, y ya la tenéis subiendo por la calle de Correos hacia la plazuela de Pontejos.»

Fortunata y Jacinta (1887)

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5. «La Tribuna», viajando hasta A Coruña con Emilia Pardo Bazán

Considerada la primera novela naturalista de las letras españolas, «La Tribuna» (1883) nos traslada a una ciudad supuestamente ficticia, Marineda, pero que en realidad viene a ser la ciudad natal de la escritora (y mía también), A Coruña. Refrescando un poco conceptos de Historia de la Literatura, el Naturalismo fue una corriente del siglo XIX, la cual, yendo más allá del realismo en aquello de representar la realidad tal cual es, la reproduce como lo haría un científico, profundizando hasta tal punto en ella que, lejos de ser un mero pasatiempo, la novela introduce una gran crítica social. Iniciado en Francia por Émile Zola, este movimiento se trasladó a España, aunque con ciertos matices diferenciados, especialmente en el caso de Emilia Pardo Bazán, la cual, debido a su pensamiento de corte conservador, le imprimió un carácter propio.

«La Tribuna», como decía, tiene por escenario la ciudad de A Coruña, con la cruda realidad de sus diferentes capas sociales. En esta novela, la clase trabajadora adquiere especial protagonismo, representada por medio de las trabajadoras de la Fábrica de Tabacos. La vida de la protagonista, Amparo, una joven cigarrera, discurre en tiempos convulsos para el país, donde comienzan a sucederse protestas obreras como las huelgas. Igualmente, aparecen representadas capas sociales acomodadas, como el hombre del que se enamora la protagonista. El final, como es de esperar, trágico.

Para abrir boca, algunas citas ilustrativas de la Marineda decimonónica (fijaos que buena descripción del horrible viento que sufrimos por estas tierras):

«A falta de esclavina, los marinedinos alzaban cuanto podían el cuello del gabán o el embozo de la capa. Es que el viento era frío de veras, y sobre todo, incómodo; costaba un triunfo pelear con él. Entrábase por las bocacalles, impetuoso y arrollador, bufando y barriendo a las gentes, a manera de fuelle gigantesco. En el páramo de Solares, que separa el barrio de Arriba del de Abajo, pasaban lances cómicos: capas que se enrollaban en las piernas y no dejaban andar a sus dueños; enaguas almidonadas que se volvían hacia arriba con fieros estallidos (…)»

«No tenía entonces Marineda el parque inglés que, andando el tiempo, hermoseó su recinto: y las Filas, donde se daban vueltas durante las mañanas de invierno y las tardes de verano, eran una estrecha avenida, pavimentada de piedra, de una parte guarnecida por alta hilera de casas, de otra por una serie de bancos que coronaban toscas estatuas alegóricas de las Estaciones, de las Virtudes, mutiladas y privadas de manos y narices por la travesura de los muchachos.»

«Apartóse de allí, y sus pies descendieron con suma agilidad la escalinata de la plaza de Abastos, llena a la sazón de cocineras y vendedoras, y enhebrándose por entre cestas de gallinas, de huevos, de quesos, salió a la calle de San Efrén, y luego al atrio de la iglesia, donde se detuvo deslumbrada.»

«La Fábrica de Tabacos de Marineda fue centro simpatizador (como ahora se dice) para la federal. De la colectividad fabril nació la confraternidad política; a las cigarreras se les abrió el horizonte republicano de varias maneras: por medio de la propaganda oral, a la sazón tan activa, y también, muy principalmente, de los periódicos que pululaban.»

«Amparo madrugó para asistir a la Fábrica. Caminaba a buen paso, ligera y contenta como el que va a tomar posesión del solar paterno. Al subir la cuesta de San Hilario, sus ojos se fijaban en el mar, sereno y franjeado de tintas de ópalo, mientras pensaba en que iba a ganar bastante desde el primer día, (…).»

«Dos cosas ayudaron a distraer su morriña: un amolador, que se situaba bajo los soportales de la calle de Embarcaderos, y el mar.»

La Tribuna (1883)

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6. «La Regenta», obra maestra de Leopoldo Alas “Clarín” ambientada en Oviedo

Poco me queda ya por decir de «La Regenta» (1884-85), mi novela favorita, de la que hablé largo y tendido en esta entrada específica en el blog (click). Si por algo destaca, desde mi humilde punto de vista, la obra maestra de Leopoldo Alas “Clarín”, es por el papel que juega Vetusta, nombre literario creado por el autor para referirse a Oviedo. Nada sería igual en la obra si ésta estuviese ambientada en otra ciudad que no fuese la capital asturiana. A pesar de que la temática (el adulterio de una mujer casada con su trágico final) no deja de ser un tema recurrente de la literatura del siglo XIX (como «Madame Bovary» en Francia, o «Anna Karenina» en Rusia), la cercanía cultural en el caso de la novela de Clarín la hace especial. Vetusta, una vieja ciudad de provincias, aparece representada a través de multitud de escenarios (calles, plazas, iglesias, teatros) y a través de un buen número de personajes, todos ellos con su particular temperamento y sus circunstancias en razón a la clase social a la que pertenecen. La escultura que rinde honores a la protagonista, Ana Ozores, plantada junto a la majestuosa Catedral, es el punto de partida de un recorrido literario, la ruta clariniana. Podéis ampliar información sobre ella en estos enlaces: web de la ruta clariniana y documento específico en la web del ayuntamiento de Oviedo. Algunas de las frases que recogí en la citada entrada de mi blog nos trasladan a la Catedral, al paseo del Espolón, el Casino…

«Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo (…)»

«La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne (…)»

«Era el Espolón un paseo estrecho, sin árboles, abrigado de los vientos del nordeste, que son los más fríos en Vetusta, por una muralla no muy alta (…)»

«El Casino de Vetusta ocupaba un caserón solitario (…) Tres generaciones habían bostezado en aquellas salas estrechas y oscuras (…) Vetusta se distinguía por su acendrado patriotismo, su religiosidad y su afición a los juegos prohibidos. La religiosidad y el patriotismo se explicaban por la historia; la afición al juego por lo mucho que llovía en Vetusta. ¿Qué habían de hacer los socios, si no se podía pasear?»

La Regenta (1884-85)

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7. «La sombra del ciprés es alargada», Ávila bajo la pluma de Miguel Delibes

La primera novela del vallisoletano Miguel Delibes, «La sombra del ciprés es alargada» (1947), fue galardonada con el Premio Nadal, a pesar de que para muchos (incluido para el propio autor), la obra revela defectos propios de quien se adentra en el mundo de la escritura. En todo caso, para mí es una obra preciosa, cuyo escenario principal es la mística ciudad de Ávila. Como ya he señalado en otras ocasiones, la “vieja ciudad de las murallas” (parafraseando a Delibes), es una de mis debilidades viajeras. No es fácil trasladar al papel ese aire de misticismo y melancolía que cualquier visitante experimenta en cuanto pasea por sus calles. Creo que Delibes lo consiguió en esta obra, en la que el espíritu de Ávila camina en paralelo a la indiferente vida de Pedro, el protagonista; un desdichado muchacho huérfano, influenciado por el pesimismo que le transmite su maestro durante la infancia, incapaz de sentir hasta que en su camino se cruza la entusiasta Jane.

En mi entrada del blog sobre Ávila (click), acompañé la descripción con citas del libro que describen a la perfeccióndiferentes escenarios de la capital abulense.

«Yo nací en Ávila, la vieja ciudad de las murallas, y creo que el silencio y el recogimiento casi místico de esta ciudad se me metieron en el alma nada más nacer (…) fue el clima pausado y retraído de esta ciudad el que determinó, en gran medida, la formación de mi carácter»

«Por delante se abría un día transparente, fúlgido, y la muralla de Ávila se recortaba, dentada y sobria, sobre el azul del firmamento.»

«Las piedras amarillentas de sus vetustos edificios parecían reaccionar alegremente al contacto de la brisa templada que a oleadas descendía de la Sierra.»

«En este instante comencé a presentir que Ávila no era una ciudad como las demás. Tenía sus raíces clavadas en la historia, a diferencia de otras. La historia la vigorizaba en su secuela moderna, le proporcionaba su sustancia vital, la coloreaba de un matiz especial, con la verde e impresionante pátina del tiempo…»

«Ávila emergía de la nueve mística (…). Imaginé que no otra, en todo el mundo, podía ser la cuna de Santa Teresa.»

«Pasamos el puente (…). Teníamos Cuatro Postes al alcance de la mano. (…) El promontorio de Cuatro Postes se despeñaba a nuestros pies hasta alcanzar el río. (…) Más allá, el terreno se encaramaba otra vez hasta llegar a la muralla sólida y amarilla.»

La sombra del ciprés es alargada (1947)

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8. «Lazarillo de Tormes» y el río de Salamanca

Salamanca, ciudad estudiantil por antonomasia, goza de importante presencia en nuestra literatura. La cita Cervantes en una de sus novelas ejemplares, concretamente en «El licenciado vidriera»; también en la obra poética de Espronceda «El estudiante de Salamanca»; e incluso en la tragicomedia «La celestina», firmada por Fernando de Rojas. Si nos centramos exclusivamente en el genero novelístico, es en «El lazarillo de Tormes», obra anónima del siglo XVI, donde mejor podemos evocarla.

Considerada una obra precursora de la novela picaresca, se encuentra dividida en siete tratados. La historia se presenta de forma original a través de una epístola en la que se narran los hechos, protagonizados por un joven, huérfano de padre, encomendado desde niño a servir a un ciego (de ahí el título de la obra). Lázaro, que así se llama el protagonista, era originario de una aldea de Salamanca. La ciudad aparece referenciada en varias ocasiones a lo largo de la obra, con especial mención al río que la baña, el Tormes, del que toma su nombre el protagonista.

«Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre; y fue de esta manera: mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y, estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí. De manera que con verdad me puedo decir nacido en el río.»

«Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo: –Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.»

El lazarillo de Tormes (siglo XVI)

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9. «Sonata de invierno» en la navarra carlista, Estella, por Valle Inclán

Cuatro sonatas escribió Valle-Inclán, tomando cada una de ellas el nombre de una estación (por orden de publicación: «Sonata de otoño», «Sonata de verano», «Sonata de primavera» y finalmente «Sonata de invierno»). Las cuatro obras, consideradas una perfecta muestra de la prosa modernista española, están protagonizadas por el marqués de Bradomín, en sus propias palabras un “feo, católico y sentimental”. En estas obras, el escritor gallego nos narra algunas vicisitudes de la vida del marqués, surrealistas e inverosímiles, a través de una prosa enrevesada y pomposa, de forma que sólo una pluma prodigiosa como la de Valle-Inclán puede salir tan airosa de semejante empresa.

La «Sonata de invierno» (1905) está ambientada en Navarra a razón de las guerras carlistas. La ciudad de Estella, mi tierra política, fue corte real del pretendiente Carlos VII durante la III Guerra Carlista (1872-1876). En la citada obra, el marqués de Bradomín resulta herido, quedándose en tierras navarras hasta su recuperación. Durante el tiempo de convalecencia tiene lugar la sórdida historia en la que el marqués trata de seducir a una joven del convento, quien resulta ser su propia hija, aunque dicha circunstancia no parece detener el proceso de seducción.

Son varias las citas que hacen mención a lugares de Tierra Estella.

«Yo acababa de llegar a Estella, donde el Rey tenía su Corte. Hallábame cansado de mi larga peregrinación por el mundo.»

«Llegué a la Corte de Estella, huyendo, disfrazado con los hábitos que ahorcara en la cocina de una granja, un monje contemplativo, para echarse al campo por Don Carlos VII. Las campanas de San Juan tocaban anunciando la misa del Rey, (…)»

«-¡Navarra es la verdadera España! Aquí la lealtad, la fe y el heroísmo se mantienen como en aquellos tiempos en que fuimos tan grandes.»

«Fray Ambrosio tomó como empeño de honra el hospedarme, y fué preciso ceder al agasajo. Salió acompañándome y juntos atravesamos las calles de la ciudad leal, arca santa de la Causa. Había nevado, y al abrigo de las casas sombrías quedaba una estela inmaculada. De los negruzcos aleros goteaba la lluvia (…)»

«Sobre la ciudad nevada, el claro de la luna caía sepulcral y doliente. Yo, sin saber dónde a tal hora buscar alojamiento, vagué por las calles, y en aquel caminar sin rumbo llegué a la plaza donde vivía Fray Ambrosio. Me detuve bajo el balcón de madera para guarecerme de la llovizna, que comenzaba de nuevo (…)»

«La lluvia no cesaba de batir los cristales con ruidoso azote, y la conversación fué toda para lamentar lo borrascoso del tiempo, que nos estorbaba castigar como quisiéramos a la facción alfonsina que ocupaba el camino de Oteiza.»

Sonata de invierno (1905)

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10. «A Esmorga», por Ourense con Eduardo Blanco Amor

A pesar de haberme referido ya a mi tierra con la Coruña de Emilia Pardo Bazán, no quería terminar esta entrada sin hacer mención a una obra escrita originariamente en lengua gallega. Y no podía escoger otra para esta entrada viajera que no fuese «A Esmorga» (1959) de Eduardo Blanco Amor, todo un clásico ya de la literatura galaica.

Traducida al español como «La Parranda», describe una serie de sucesos ocurridos durante escasas 24 horas, hechos protagonizados por tres hombres, Cibrán, Xan y Aladio, más conocidos por sus apodos: Castizo, Bocas y Milhomes. La trama tiene lugar en la ciudad fictia de Auria, representación literaria de Ourense. Son muchos los escenarios de la capital ourensana donde realizan sus fechorías estos tres hombres, como la Plaza del Corregidor, la Plaza Mayor, las famosas Burgas o la Alameda. El ayuntamiento de Ourense instaló placas en honor a esta novela en cada uno de los rincones reconocibles, incluyendo fragmentos textuales de la misma. Podéis ver todo el itinerario en estos enlaces de la web oficial de turismo (aquí y aquí), y algunas de mis frases favoritas las transcribo a continuación: (hay que tener en cuenta que están escritas en un gallego no normativo).

«Cando eu era aínda moi rapaz, seguíase a falar do caso entre as boas xentes de Auria, cibdá onde nascín e onde as cousas ocurriran» Cuando yo era aún muy joven, se seguía hablando del caso entre las buenas gentes de Auria, ciudad donde yo nací y donde las cosas habían ocurrido.

«Cando paramos de correr, aló pola praza do Correxidor, ouvíronse no reló da catedral as badaladas de meia noite» Cuando paramos de correr, allí por la plaza del Corregidor, se escucharon en el reloj de la catedral las campanadas de media noche.

«Na fonte de San Cosme bebemos a morro uns grandes grolos de auga da pía, que nos fixo baleirar, de alí a pouco, todo canto tiñamos dentro» En la fuente de San Cosme bebimos a morro unos grandes sorbos de agua de la pila, que nos hiz vaciar, un poco después, todo lo que teníamos dentro.

«Conque ao chegar perto da Praza Maior, oíronse as tres da mañá, no reló da Catedral. A xiada estraba as rúas e mais os tellados» Y al llegar cerca de la Plaza Mayor, se escucharon las tres de la mañana en el reloj de la Catedral. La helada se extendía por las calles y los tejados.

A Esmorga (1959)

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